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5 Parámetros de Madurez Afectiva Pensando en el amor de madre Familias Felices “Deberías ir a Terapia” “El terapeuta hará que mi forma de pensar cambie”.
¿Por qué el Psicoanálisis
¿Por qué el psicoanálisis? Ciertamente es una pregunta complicada para hacer a una psicoanalista. A veces pienso que el psicoanálisis ha dejado de estar de moda. Es poco práctico, no es inmediato y no es fácil. Para nuestras generaciones que están cada vez más acostumbradas a tener todo a la mano, toda la información del internet en el instante en el que uno aprieta la tecla enter, y para quienes los medios audiovisuales cada vez son más imprescindibles, ciertamente el psicoanálisis representa un método obsoleto, lento, complejo, profundo y, a veces, con tan poca estimulación visual… Entonces, ¿por qué el psicoanálisis? Una vez, un participante a uno de mis talleres de “Sanación del Niño Herido” me hizo esta pregunta, y es por esto que decido escribir estas notas, a modo de poder hacerle llegar mi respuesta. Entiendo y, siempre así lo pensó Freud, el psicoanálisis no es para todos. Hay que estar preparados; hay que estar preparados para poder hacer esta experiencia de introspección personal, y, sobre todo, estar preparados para darnos la oportunidad de reprogramar nuestros más primarios sistemas operativos. Es curioso, cómo ahora, el psicoanálisis es una de las corrientes de la salud mental y emocional más conservadora, siendo que hace más de un siglo representó un movimiento intelectual y científico revolucionario y muy criticado por “atentar” contra las concepciones antropológicas más arraigadas de la época. Así lo pensó Freud, no todas las personas están preparadas para encontrarse con su propia verdad, aunque idealmente así fuera. No todas las personas queremos enterarnos del sentido de nuestra existencia, ni mucho menos estamos preparadas para asumirlo en toda su plenitud. Esto es lo que, dentro de muchas otras herramientas, nos ofrece el trabajo analítico: conocer y descubrir nuestros modos de identificación inconscientes, sus motivaciones, sus relaciones con nuestras heridas en la infancia, nuestras más profundas inclinaciones, y, sobre todo, al menos así prefiero enfocarlo yo, asumir todo este pequeño gran paquete como parte de nuestra vida. Esta es la nada sencilla combinación: descubrir quién genuinamente soy para después asumir con responsabilidad mi tarea de convertirme en el mejor YO que pueda. Ningún eslabón solo, ni solo inconsciente, ni sólo responsabilidad. ¿Por qué para qué me serviría descubrir mis motivaciones más profundas, comprender las dinámicas más complejas de mi historia infantil, o revivir mis dolores más íntimos si no me lleva este descubrimiento a tomar responsabilidad de ello en mi presente? O por el otro lado, ¿de que me serviría ser “totalmente” responsable de mi vida, si no puedo tomar consciencia de aquellos patrones complejos que han marcado mi vida y que me llevan a actuar y tomar decisiones sin tener noticia de ellos? Y es que este no es un proceso sencillo, de ahí que a veces, hoy en día nuestra popularidad se ve disminuida en comparación con el resto de los practicantes de los otros modos de crecimiento personal, por llamarlo de algún modo -piénsese por ejemplo en el coaching, en la aromaterapia, en el yoga, las constelaciones familiares, y ni qué decir con las otras formas de psicoterapia-. Para lograr esta combinación antes mencionada: descubrir mi inconsciente y asumir la responsabilidad sobre la propia existencia se requiere del acompañamiento de otro. Otro que esté entrenado y que haya vivido este proceso; otro que haya hecho la experiencia de esta combinación. Otro que haya comprendido el misterio de las generaciones (Chasseguet-Smirguel, 2007) y que esta experiencia le lleve a querer donarse nuevamente en otro encuentro de ayuda, como lo es el proceso psicoanalítico. El proceso psicoanalítico está diseñado para mostrar nuestras partes más profundas, más genuinas, para mostrarnos quién verdaderamente somos, a veces agradables, a veces desagradables, pero siempre personas. El proceso psicoanalítico está diseñado para contenernos, para cuidarnos, para que, en la consistencia y en la constancia, en el encuadre de las sesiones, podamos encontrar la seguridad de ser aceptados y recibidos nuevamente a pesar de la manifestación de nuestras partes más oscuras y sombrías… Así como lo hace una madre, así como lo hace el amigo verdadero, así, el psicoanalista nos ofrece un espacio en donde podemos ser nosotros mismos, escucharnos a nosotros mismos, y manifestar nuestras partes más profundas, con la oportunidad de tomar consciencia de ellas y poder actualizarlas, es decir, poder comprenderlas en el contexto de nuestro momento actual. Esto requiere tiempo, paciencia y mucho compromiso por el bienestar del otro. A veces el proceso psicoanalítico no funciona, a veces por falta de pericia y experiencia del profesional, a veces por miedo del analizado. Miedo a descubrir su propia verdad, miedo a experimentar un interés más genuino y auténtico que aquel que las apariencias sociales nos ofrecen, miedo a experimentar un llamado más unívoco y claro hacia el crecimiento real y hacia la expansión de la consciencia, miedo a no encontrar ningún otro pretexto o justificación que limite nuestra evolución. Ahora que estoy criando a mi tercer hijo lo comprendo mejor… para ir construyendo a una persona, justo se necesita eso: tiempo, paciencia, estar en la intimidad, y mucho amor. Mucho amor verdadero, lo cual, nunca será simple, ni sencillo, ni práctico. Y esto es, en cierto sentido, lo que hace el psicoanalista; el analista espera, contiene, observa, acompaña, pasito a pasito, momento a momento a que el analizado esté listo para el siguiente paso, tratando de no perder pista, tratando de no perder tiempo. Este es su trabajo, acompañar pacientemente, comprometidamente, íntimamente y generosamente a que el analizado esté listo. El psicoanálisis de hoy en día lo hacemos diferente al de hace 100 años, llevamos más de un siglo de continuo avance y evolución, de teorías y prácticas que lo han enriquecido y corregido. Hoy practicamos, también, muchas formas aplicadas del psicoanálisis clásico. Lo que nos interesa es ayudar mejor. A veces lo logramos, otras el miedo nos derrota, pero, sin embargo, seguimos intentándolo una y otra vez, las veces que sean necesarias porque creemos que en algún otro momento, que en algún otro lugar, alguien más si querrá aceptar el reto.
“Deberías ir a Terapia”
Cuantas veces no hemos escuchado esto, que si se lo han dicho a una amigo, a un amigo, a algún hermano, o tal vez nos lo han dicho a nosotros. Poder ir a terapia es un privilegio; siempre y cuando se tenga claridad y objetividad respecto al propósito de la terapia y respecto a lo que se puede esperar de ella, la experiencia realmente vale la pena. Ir a terapia no es como ir con el brujo o el adivino en los que podemos esperar que “por arte de magia” se vayan los problemas o se resuelvan tal o cual situación. El ir a terapia es un proceso en el que aprendemos cómo vivir con lo que tenemos. Ciertamente hay muchísimas formas de hacer psicoterapia, y varían en técnicas, objetivos, filosofías y modos de entender al ser humano. Y cuánto más formas diferentes de hacer psicoterapia cuando entendemos que cada psicoterapeuta es único en su estilo, en su forma de entender y vivir al ser humano y en poner en práctica estas técnicas y metas. Decidir comenzar un proceso psicoterapéutico no debiera tomarse a la ligera, eventualmente estamos hablando de la propia vida, de nuestra percepción que de ella tenemos y de la que esperamos crezca y se complemente al concluir nuestro proceso terapéutico. Es por eso importante hacer como cuando decidimos la escuela en la que irán nuestros hijos, o cuando decidimos el pediatra de ellos o nuestro propio ginecólogo: es importante tener referencias, conocer un poco su método, su estilo, y, finalmente conocerlo personalmente antes de decidir iniciar este proceso con él o con ella. De esta “primera impresión” podremos sacar ciertas conclusiones que pueden motivarnos a comenzar, o dado lo contrario, confirmar que no es con él o ella con quien queremos comenzar un proceso terapéutico. También es importante considerar que el terapeuta no es del todo responsable del proceso. Uno como paciente también es parte activa, incluso yo diría el personaje principal y el principal escritor del proceso terapéutico. Cuantas veces no escuchamos: “mi terapeuta me dijo que debía de pensar tal o cual cosa”, “mi terapeuta me dijo que me fuera de mi casa”, “el terapeuta me dijo que estaba bien que me divorciara”… aunque no niego que existan personas que se digan terapeutas que si caigan en estas situaciones, es importante tener claro que al final de cuentas es la persona quien decide sus propias elecciones; como diría la abuela: “no porque Juan te diga que te avientes del puente, te vas a aventar del puente”. El paciente es y sigue siendo persona; no por el hecho de ser paciente debieran quedar anuladas su inteligencia, o su capacidad de juicio, o su voluntad… Incluso se podría invitar a los pacientes a juzgar, analizar, valorar las opiniones y las intervenciones del terapeuta. Me parece que de eso se trata un tratamiento psicoterapéutico, de poder rehabilitar en el paciente su capacidad de juzgar y contrastar con la realidad los comentarios, juicios, mensajes, discursos que escuchamos a nuestro alrededor. Es decir, me parece que es parte de un proceso terapéutico que el paciente contraste la veracidad o falsedad de lo escuchado a lo largo de su infancia respecto a sus propias habilidades, que contraste la veracidad o falsedad de lo estipulado por sus amigos y su banda a lo largo de su adolescencia respecto a lo que es la vida, el trabajo, el amor, el sexo, el dinero, y los propios amigos, que contraste la veracidad o falsedad de lo esquematizado como verdadero y valioso en su juventud respecto a la familia, a la identidad, a la propia persona, al éxito; y eventualmente, también en el tratamiento psicoterapéutico, la persona debiera de contrastar la veracidad o falsedad de lo puntualizado por el terapeuta, por muy doloroso o lejano que parezca a la propia realidad. Concluyo afirmando que no es el terapeuta quien nos hace tomar las decisiones; yo no he conocido a ningún colega que le haya puesto alguna pistola a un paciente para que tome tal o cual decisión. Me parece que lo que sucede es que muchas veces nosotros como pacientes usamos estos argumentos para evadir nuestra propia responsabilidad. ¡Qué absurdo creer que alguien dirige y determina su vida a partir de los consejos de otro! ¡Incluso si es un terapeuta!
“El Terapeuta Hará que mi Forma de Pensar Cambie”.
Algunas veces he escuchado esta frase de parte de algunas personas que sin saber que soy psicoterapeuta se valen de esta percepción para no comenzar un proceso terapéutico. Se refieren de forma negativa a la posibilidad de que alguien más cambie su forma de pensar; además sugieren que el psicoterapeuta hará que se “deschonguen”, provocará que su moral se relaje o incluso que los conducirá a un camino de perdición e inmoralidad. Qué gran pena este pensamiento tan estrecho. La realidad es que si, el objetivo de una terapia tendría, sino principalmente, tal vez si, secundariamente el cambio de mentalidad y de percepción del paciente de la propia vida ¡y de un montón de cosas más! La verdad es que si, lo ideal es que tu psicoterapeuta te acompañe y en ocasiones te ayude a cambiar tu forma de pensar, sobre todo aquellas percepciones que te hacen daño y que te limitan en crecer, y según dirían los psicólogos humanistas, aquellos decretos que limitan la expansión de tu autoconsciencia. ¿Me pregunto si verdaderamente alguien tiene el poder para “cambiar la forma de pensar” de otro sujeto? ¿No será más bien que ese sujeto otorga y concede a ese alguien el poder para permear su pensamiento? Eventualmente uno decide qué quiere creer o qué no quiere creer, para nuestra salud o enfermedad mental, esta es la realidad. Hablemos no solamente del sugerido “poder” que tiene el terapeuta sobre el paciente. Pensemos también en la cotidianidad de relaciones interpersonales; es en la escucha, validación, reflexión y ponderación, ah, y sobre todo respeto, de las opiniones, juicios, sentimientos, pensamientos de los otros cuando mayor oportunidad tengo de crecer y de, como dicen ahora, evolucionar en mi forma de pensar. Qué estrecho criterio si pienso que el aparto mental que soy ahora, lo seré siempre, sin cambios, sin ajustes, sin evoluciones, sin crisis, sin crecimiento, estéril e infecundo. Me gusta más pensar en un aparato mental que incluso en ciertas ocasiones puede tolerar la incertidumbre, porque es a partir de las experiencias o del trabajo intelectual personal, tarde o temprano, eventualmente se encuentra alguna respuesta medianamente objetiva y correspondiente a la realidad. Me gusta pensar, de este modo en un sistema de pensamiento que es capaz de generar nuevas ideas, y que es capaz de producir ajustes y cambios, de encontrar mejoras a los sistemas que hasta el momento le funcionaban. Me gusta pensar en una forma de pensamiento que si bien reconoce que estos ajustes en ocasiones son dolorosos y costosos, sabe invertir en ellos porque la experiencia le ha dicho que vale la pena, y que, lo acepte o no, son inevitables para poder seguir en movimiento. Me gusta más pensar en un aparto mental que está en constante cambio, que está en constante búsqueda, que está en apertura constante para encontrar concordancias e identificar las discordancias de los otros sistemas de pensamiento, pero sin temor a que estas diferencias amenacen la propia forma de pensar, pues se sabe dueño y capitán de este aparato mental, lo que, eventualmente, permite, respetar y valorar los otros aparatos mentales. Es por esto que a todas aquellas personas que piensan que “un terapeuta les puede cambiar su forma de pensar” les respondo que, con mayor razón, se den la oportunidad de comenzar un proceso psicoterapéutico para que se den cuenta del enorme potencial que tienen en su propio sistema de pensamiento. No solo porque en él se puede descubrir la propia verdad, sino también, porque pueden, a partir de la terapia, aprender a aprender de los demás, pueden aprender a descubrir su propia capacidad para comandar este aparato mental, abrazando lo que sirve, aprendiendo a hacer la higiene mental, y desechando, resignificando aquello que hace daño. Yo les diría que bien merece la pena arriesgarse para poder valorar y respetar la propia opinión, y con ello, la de los demás; yo creo que vale la pena intentar tolerar, aceptar, respetar y valorar las diferencias de pensamiento con todos aquellos que me rodean, para eventualmente poder gozar de ellas
5 Parámetros de Madurez Afectiva
Hablar de madurez afectiva es hablar de un complejo fenómeno personal. Mi intención no es agotar el tema, pues se requerirían varias vidas para poder lograrlo. Mi propuesta queda entonces en ofrecer parámetros básicos que nos permitan identificar una madurez principalmente en nosotros mismos y en nuestras relaciones interpersonales. Así mismo, si tenemos el enorme privilegio y por lo tanto, también responsabilidad, de ser padres, mi propuesta puede ofrecerte metas claras hacia dónde dirigirte en la educación de tus hijos. Identifico 5 parámetros principales: el logro de la individualidad, la profundidad de las relaciones interpersonales, la autovaloración y la autoaceptación, reconciliación con nuestras figuras primarias, la productividad y creatividad. Lograr la individualidad: conocida también como identidad, la individuación es el proceso por el cual nos separarnos de nuestras figuras patrones (generalmente nuestros padres), y encontramos confianza, bondad y bienestar en nuestra particular forma de ser. Requiere que nuestros vínculos primarios (los que establecemos con nuestros padres) se hayan establecido de una forma hombre auténticoadecuada, con expectativas coherentes y sensatas, pero también a partir de un profundo y verdadero respeto de ellos (nuestros padres) hacia nuestra particular forma de ser, aun incluso desde nuestros primeros años de vida y todavía más en nuestros posteriores etapas de desarrollo, incluídas la adolescencia y, por ende, también nuestra vida adulta. Dice Bowen que esta individuación es la que, posteriormente, en la vida adulta, nos permite no solo mirar, reconocer y respetar las diferencias con otros, sino que también nos permite valorar y hasta gozar las diferencias con otros. Este gozo se encuentra en lo que el otro, por mucho o poco diferente que sea a mi mismo, me ofrece y, que en la diferencia misma, enriquece mi propia identidad y mi propia individualidad. Este gozo y respeto a las diferencias no significa que tenga necesariamente qué aprobar o aceptar todas las posturas ideológicas de cada una de las diferentes personas con las que me relaciono; por el contrario, una bien lograda individualidad me permite manifestar mi punto de vista, mis opiniones y creencias con una base sólida, con argumentos y fundamentos válidos, estar cada vez más cierta de ellas, o, dado el caso, poder modificarlas y/o cambiarlas por otras más completas, más complejas y/o más válidas; puedo manifestar mi propio pensar, pero también me permite estar abierto a realidades más verdaderas, y que, por lo tanto, pueden seguir enriqueciendo la propia identidad y la individualidad. También, no menos importante, esta individualidad me permite respetar posturas diferentes y hasta contrarias a las mías, me lleva a darme cuenta que mi sistema de referencia es eso, sólo mío; puedo reconocer que existen tantos sistemas de referencia como personas habemos en el mundo y que, al mismo tiempo, curiosamente, todos necesitamos un sistema de referencia, y comprender, por lo tanto, tal vez, que en fondo o desde una perspectiva, todos no somos tan diferentes. Click aquí  para ir al carrito de compras Profundidad en las relaciones interpersonales: es la capacidad para intimar con las personas desde la madurez, la sensatez, el respeto y la empatía; me vinculo con los otros desde quien verdadera y profundamente soy. Me honro a mi mismo y también honro al otro; honro su vulnerable condición humana, tanto como honro y respeto la mía. No hay necesidad de apariencias ni de máscaras, de fingir una “vida perfecta” o el “matrimonio sin problemas”, o la “familia feliz”, porque la perfección humana radica justamente en la imperfección y en esta maravillosa e increíble capacidad de trascender y transformar en algo más esta imperfección (de crear a partir de las contrariedades de la vida). Me permito ser más yo con quienes inteligentemente así lo elijo; me abro, me comparto con los demás para dar y, también indirectamente, recibir de ellos sus propias individualidades. Entonces ellos y uno mismo gozamos de quienes somos, sin la imperante necesidad de cambiar tu forma de pensar, de ser, de elegir, de ser; el miedo a que me lastimes o la necesidad de controlarte ya no caben en este tipo de relaciones, como tampoco cabe, entonces, el infantil deseo de que tú satisfagas en menor o mayor medida mis necesidades. Se comprende que la única persona responsable de buscar los medios para satisfacer las propias necesidades es uno mismo; de aquí que si bien las relaciones son más profundas amor en la playa e íntimas, son también, más libres, ligeras, espontáneas, sin tantas expectativas por cumplir; simplemente acepto a los demás como me acepto a mí mismo; aceptación y el deseo de compartirse son las condiciones básicas para que se den. Podemos pensar, entonces, que la capacidad de construir, establecer y sostener relaciones interpersonales nutricias es un fruto indirecto del adecuado logro de la individualidad. “Porque sé quién soy, me atrevo a ser para los demás”. Autovaloración y autoaceptación: no se puede tener relaciones profundas ni verdaderas si no me autovaloro, si no tengo aprecio por mi mismo. Y tal como en un reloj, el mecanismo previo a la autovaloración es la aceptación. Conocerme tal como soy, y sin “escapatoria alguna”, aceptarme; si bien suenan ser procesos parecidos, no es lo mismo conocer algo que aceptarlo; puedo conocer algo, y agradable o no, darle la vuelta; la aceptación, en cambio, sugiere estadía, contemplación, sumisión (del verbo asumir), posesión… sea agradable o desagradable, bonito o feo, deseable o rechazable, pero me quedo y lo hago propio. Parto de la creencia de que somos seres imperfectamente perfectos; tal como Platón sostenía, creo que no hay gente mala, solo ignorantes; creo que tal como eres, eres perfecto. Son nuestros estereotipos, nuestros insensatos discursos, nuestras condiciones de valor y nuestros miedos lo que nos detiene a darnos el verdadero valor que merecemos. En mucha medida la persona es lo que ha vivido, es su historia, sobre la cuál poco puede hacer; el otro resto de medida de lo que la persona es, radica en lo que sí puede hacer hoy; y este otro resto, que por muy poco que sea, afortunada y misteriosamente es el determinante de lo que la persona es, es el que eventualmente importa. Y es en este pequeño rango donde, con un cambio de perspectiva, nos podemos dar cuenta de que todavía podemos hacer mucho y ese mucho comienza, paradójicamente, en la propia aceptación. No somos más perfectos porque los demás me quieran más, no soy más perfecta por el “mejor” auto, casa, estudios, ropa, educación que tenga, no soy más perfecta por lo poco que me equivoque. Soy más perfecta en la medida en la que logro tener un poco de consideración, de empatía, de amor, de benevolencia (querer bien) hacia mi mismo y que, invariablemente me lleva a experimentar los mismos sentimientos hacia los demás. Aunque también se le nombra autoestima, me parece que el término autovaloración puede ayudarnos a comprender que el valor que tengamos como personas depende de nosotros mismos; ya como adultos, esta chamba es nuestra, darnos cuenta de que valemos como personas, conocerme, aceptarme y quererme a mi misma. Nadie nos puede dar el amor que sólo nosotros mismos nos merecemos, porque nadie te puede conocer tan profunda, verdadera y honestamente como tú mismo.felicidad 2 (2) Resta señalar, entonces, que el amor que los demás te ofrecen, siempre será, por lo tanto, relativo a ellos; siendo así, pareciera entonces, insensato, darle más valor a las opiniones y a las valoraciones de los demás, que reitero, siempre serán subjetivas (por no decir relativas), unas más cercanas a la realidad que otras, pero eventualmente, subjetivas. Reconciliación con nuestras figuras primarias: es el parámetro más fidedigno de una madurez afectiva lograda; si bien también es el más complejo y el más difícil de lograr. Inexplicablemente el vínculo que establecemos con nuestros padres, consciente o inconscientemente, positiva o negativamente, es el que nos marca por el resto de nuestros días; aclaro, marca, pero no determina. Ellos son nuestros primeros traductores de afecto de nuestro incipiente mundo emocional, y, como lo propongo en muchos otros de mis artículos, ellos son quienes nos enseñan a hablar “amor”, tal como sucede con una lengua, hablamos y amamos de acuerdo a este lenguaje “amor” que aprendemos. Muchas veces esta lengua “amor” es una más cercana a la empatía, a la aceptación, a la consideración, al buscar hacerte sentirte bien, al agradecimiento, al perdón y al cuidado, pero otras, desafortunadamente, se parecen mucho más a la rivalidad, al condicionamiento (tienes qué hacer esto para que yo te quiera), a la competencia, a “tener qué demostrar que vales”, a la violencia, el maltrato y hasta el abuso. En el segundo caso, generalmente se crean conflictos, resentimientos, culpas y condiciones negativas hacia nuestros padres; otras veces, simplemente por propio temperamento, no podemos valorar y agradecer lo poco o mucho que nuestros padres han hecho por nosotros, y lleva a la persona/hija a estar en una eterna demanda con los padres por lo mucho (medida siempre subjetiva) que dejaron de hacer por él o ella. Y es que lo verdaderamente objetivo es que nuestros padres nos han dado algo que ninguna otra persona puediera darnos: la vida; y esto bastaría para estarles eternamente agradecidos. Porque ya como adultos, sólo con vida, sólo con tiempo, sólo con instantes de vida es como puedo ser; sin ella, la carencia pierda valor, con la vida, la carencia y la pertenencia cobran sentido. hijos adultosEl salto final para reconciliarnos con nuestros padres, no está tan solo en poder reconocer el lenguaje de amor que aprendí de ellos, y con ello colocarme en otra posición más autónoma para determinar el otro lenguaje de amor que sí quiero aprender y sí quiero vivir (que como adulto puedo y merezco elegir); el siguiente salto consiste, además, en poder reconocer y perdonar lo mucho que no hicieron por mi, y aceptar y asumir que lo que no pudieron hacer por mi, sólo me toca a mi intentar conseguirlo; consiste en comprender que ellos ya hicieron mucho dándome la vida y queriéndose arriesgar a tenerme por los 7, 10, 15, 18, 25 o hasta 35 años que me soportaron con ellos; perdonar significa liberarlos de la carga/ responsabilidad de hacerme feliz, y aceptar y asumir que ese paquete tan solo me corresponde a mi; perdonarles también, si es que así lo fue, por el daño, maltrato o por las carencias que viví con y a partir de ellos, para después comprender que tal vez ellos tampoco podrían haberme dado mucho más que eso, pues también ellos tal vez, recibieron eso; eso fue el lenguaje de amor que ellos aprendieron, y por lo tanto, no supieron cómo aprender otro lenguaje. La cosa no acaba ahí, el salto final a este importante proceso de reconciliarnos con nuestras figuras paternas consiste, me parece en agradecer y valorar (tener como valioso) lo mucho, poco o mediano, que hicieron por nosotros, porque pudiendo haberse ido, se quedaron, porque pudiendo haber optado por la no vida, optaron por la vida, porque pudiendo haberse gastado su dinero en otras cosas, decidieron invertirlo en ti y en mi; este último paso de agradecimiento consiste en poder reconocer que si hoy eres la persona que eres (ya antes postulábamos que siempre valiosa) es gracias a ellos, y porque en mayor o menos medida, seguramente, tienes mucho que les aprendiste y que ahora puedes gozar de quien eres. Si no se logra una reconciliación con las figuras paternas, esto que “todos tenemos de nuestros padres”, rasgos de personalidad, patrones aprendidos, actitudes, intereses, gustos, ideologías, siempre serán o representarán lo “imperdonable” porque es de mi padre o madre, y entonces se rechazará; no se puede, por lo tanto, lograr la condición anterior de autoaceptación incondicional, porque de algún u otro modo, siempre habrá algo o muchos algos que se rechazan porque “le pertenecen a alguien con quien yo estoy en bronca”, y desafortunadamente, también lo estaremos, entonces, con ciertas partes de nosotros mismos. Productividad y Creatividad: muy relacionada con el parámetro anterior, es la posibilidad que nos damos a nosotros mismos de crear, de “generar” vida, dinero, empresas, proyectos, metas, sueños; surge a partir de que estamos en paz con nuestra capacidad creadora y con todo lo que ello implica: riesgos, caos, impredicibilidad, compromiso, donación –siempre en nuestros proyectos ponemos un poco o un mucho de nosotros mismos-, además de crecimiento, expansión, enriquecimiento y abundancia. El reconciliarnos con nuestros padres, nos permite simultáneamente colocarnos como hijos (un padre lo es hasta que tiene un hijo y viceversa), y podemos también reconocer en ellos su capacidad creadora; mientras más pueda agradecer de ellos, más me voy a permitir crear; mientras más severo sea con lo mucho o poco que me han dado, más miedo tendré en lanzarme a crear porque todo lo que proyecto en estas demandas, creo que se regresarán para todo lo que yo pueda crear; “con la vara con la que mido, seré medido” dentro de mi mundo psíquico. De la mano de la productividad está la creatividad; ésta es la cereza en el pastel; es la misteriosa combinación de nuestros estados más íntimos, más propios, más profundos y nuestra consciencia, nuestro yo, nuestras necesidades reales y su satisfacción que nos lleva a salir de nuestra zona de confort y generar los medios (los puentes) para estar mejor; los grandes proyectos surgen a partir de las grandes carencias; si no necesitas, no te mueves.papa e hija trabajando De aquí la importancia de ser honestos con nosotros mismos, de no tener miedo para descubrirnos quién verdaderamente somos, abordar nuestras carencias y necesidades con la confianza de que también podemos encontrar los medios –construir los puentes- para encontrar sus soluciones y satisfacerlas. Un proyecto creativo nos parece genial porque siempre asoma algo profundo de alguien que decidió arriesgarse; un proyecto sin creatividad es tan solo un proyecto. No hay mejor proyecto que la propia vida. Concluyo subrayando mi propuesta: somos seres imperfectamente perfectos, cuando nos demos a la tarea de mejorar nuestra vida afectiva y aceptemos el riesgo de descubrir nuestra profunda, compleja y rica vida psíquica, se me antoja esta última pregunta: ¿Hasta dónde quieres llegar?
Familias Felices
Me llamó la atención la cantidad de inquietudes, las cuales también agradezco al comienzo de este proyecto, sobre cómo generar, formar, hacer, lograr, o como se quiera nombrar al proceso de llegar a tener una familia feliz. Empezando por aclarar que este proceso es complejo, y que es el resultado de la interrelación de muchísimos factores; en esta ocasión me referiré particularmente a la educación de los hijos, dejando para futuras ocasiones lo referente a los aspectos de la vida de pareja y del proyecto en común, y otras variables que en este proceso de “ser una familia feliz” están involucradas. En este contexto quiero compartirte 3 aspectos que tanto en mi experiencia en el consultorio, como en mi experiencia personal y un poco confirmado por la revisión teórica, creo representan los “musts” para lograr una familia feliz. Confiar: ojalá tengamos la suerte de creer que cada uno de nuestros hijos es de la mejor manera en la que pueden ser. Ojalá lo creamos desde el mismo momento de tener por primera vez a nuestro/a pequeño/a en brazos, e incluso mucho antes! Ojalá podamos hacer a un lado nuestras ilusiones, nuestras expectativas para simplemente dejar que nuestro/a hijo/a sea. Si bien es cierto que como padres tenemos un papel de formadores, también es cierto que al final nosotros somos los que acabamos siendo formados por estas criaturas tan maravillosas que son nuestros hijos! Los expertos japoneses investigadores sobre crianza infantil sostienen y demuestran que no hay mejor crianza que aquella centrada en “acompañar” al pequeño, dejando que sea la misma tendencia formativa y autorrealizadora propia de cada persona (y con la cual según el famoso psicoterapeuta Carl Rogers[1] todos los individuos nacemos) la que marque el paso en el desarrollo y crecimiento de nuestros hijos. Me refiero a que como padres no solo “debemos” confiar (y hasta cierto punto creer) en esta capacidad propia de cada uno de nuestros hijos para gestionar su propio desarollo, sino que además me parece bastante más práctico y, eventualmente, más sano, permitirle a nuestro hijo/hija que sea él/ella quien vaya descubriendo sus propias necesidades de crecimiento y desarrollo desde los primeros meses de vida. Eventualmente si permitimos que esta pequeña persona se contacte lo suficiente con su propio proceso evolutivo, entonces podemos creer que también lo sabrá hacer durante su infancia, durante su adolescencia, a lo largo de su juventud y, por ende, cuando comience a ser adulto ya sabrá sobre su propio desarrollo, crecimiento y realización mucho más que cualquier otra persona, incluso más que tú o yo, quienes erróneamente nos jactaremos de “conocerlo/a como a la palma de nuestra mano”. Privilegiar la individualidad: según el psicólogo Murray Bowen, poder respetar, valorar, gustar y hasta gozar de la diferencia[2]! De la mano del aspecto anterior, nuestra capacidad de confiar, ojalá podamos respetar el proceso de individuación de cada uno de nuestros hijos/hijas. Me refiero a poder reconocer y validar sus preferencias personales, aún cuando sean distintas a las mías; y no me refiero sólo a la forma de vestir o en los programas de televisión, sino aún en aspectos más espinosos y delicados, como el sistema de valores y/o la ideología. Quién no ha escuchado la famosa frase: “Si amas algo, déjalo libre; si regresa es tuyo, si no, nunca lo fue”; creo que se puede aplicar también en el asunto de la formación de los hijos; curiosamente, y repito, como resultado de mi experiencia clínica, mientras más nos empecinamos en hacer que nuestros hijos piensen de una “determinada manera”, más tienen la necesidad de demostrarnos que no les interesa y hasta llegan a hacer “todo lo contrario”, y que, por el otro lado, mientras más nos relajamos y toleramos la posibilidad a la diferencia (esto es que nuestro hijo o nuestra hija pueda pensar, creer o vivir diferente a nuestras más válidas expectativas), más naturalmente nuestro hijo o hija se sentirá atraído hacia nuestro propio sistema de valores o de referencia. Es paradójico, pero si lo miramos desde otra perspectiva, se entiende que a partir del respeto a la propia y genuina individualidad, más amor es experimentado; dicho en otras palabras: sólo si somos capaces de aceptar y valorar genuinamente a nuestro hijo, sea como sea, y respetando quien es, él o ella será capaz de experimentar un verdadero amor. Ojalá podamos ser capaces de privilegiar la individualidad de cada miembro de nuestra familia, y gozar de que nos gusten cosas distintas, gozar de que pensemos de forma distinta y encontrar en esa diferencia un rica e inagotable riqueza de enriquecimiento mutuo. No olvidar que los adultos somos nosotros: realidad que a veces pasamos por alto. El que “puede” hacer berrinches es tu hijo; de quien se esperan las “rabietas” y los actos “irracionales” es de tu hijo, quien necesita probar los límites es tu hijo,  quien está aprendiendo a lidiar con la realidad (límites temporales y espaciales) es tu hijo. Muchas veces bajo el lema de “lo tengo que educar”, los adultos nos colocamos entonces en una posición bastante parecida a “un berrinche”; con una dotación de regaños sin ton ni son, con una letanía de consecuencias despiadadas, ilógicas e irreales, sin capacidad de escucha, con una cerrazón irremediable, con una actitud de “quiero mi paleta”, y, finalmente, la escena se parece bastante al berrinche que hacen los niños… eso si es que no encontramos gritos y sombrerazos, chantajes y amenazas cuasimortales por lo tanterrible que se hecho como corolario de nuestra escena. En una situación normal, ante el  berrinche de un niño, se espera que el adulto sea quien, con un poco de sensatez, cabeza, vísceras frías y con un poco (o un mucho) de creatividad, se las ingenie para hacer entender o presentar alternativas de solución al niño. A veces estos berrinches se siguen presentando aun cuando nuestros “niños” tienen 17 o 21 años; ni aún en estas circunstancias se nos puede olvidar que nosotros como padres somos los adultos; por favor, ten presente que de ti es de quien tu hijo aprende la sensatez, el amor a la verdad, el amor a la justicia, el amor a la belleza y, sobre todo, el amor a la vida. Frustración vivimos todos, y la diferencia radica en cómo se vive esta frustración. De tu capacidad para tolerar la frustración es de quien tu hijo principalmente aprenderá también a tolerar y enfrentar sanamente la frustración. Tampoco podemos olvidar que los problemas de los adultos, sólo los adultos lo pueden resolver; no se te olvide que tú eres el adulto en tu hogar y que como tal tu hijo confía, espera y NECESITA que actúes. No necesita a un “chiquillo” más. Espero estas breves ideas te ayuden a ir desdibujando un proyecto de familia feliz, si bien queda entendido que restan muchos otros aspectos por compartir, comentar y reflexionar. Ojalá me hagas llegar tus inquietudes, dudas y comentarios para seguir pensando juntos. Ahora corresponderá el turno de reflexionar en otro de los aspectos que son importantes para lograr familias felices. Ahora nos corresponderá ocuparnos de la relación de pareja. La relación de los cónyuges representa el eslabón más importante de la estabilidad familiar. Son ellos, los cónyuges, que como “los adultos” del sistema familiar, pueden tomar decisiones y dotar a la familia de oportunidades de crecimiento, o bien, por el contrario, limitar o inhibir este crecimiento. Son los adultos, quien con su esperada “madurez” puedan tomar consciencia y llevar a cabo las acciones correspondientes que favorezcan el desarrollo de cada uno de los integrantes de la familia. Los hijos, según las diferentes etapas por las que esten atravesando, ya sea en la infancia, la edad escolar, la adolescencia o la adultez (y esperemos no sea necesario mencionar las consecutivas, debido a que ya hayan decidido comenzar la aventura de formar su propia familia), serán simplemente un “agregado”, la razón que motive e impulse la construcción de la estructura familiar; pero quien desempeñará el papel de motor principal, siempre será la pareja. Sin pretender agotar el complejo y fascinante mundo de la relación de pareja, acá propongo aspectos importantes a considerar en 5 puntos definidos: Una pareja vitalizada no le teme al cambio, al conflicto, a la crisis. Es una pareja conformada por 2 personas que han medianamente logrado su propia madurez, su propio proceso de individuaciòn y que, por lo tanto, cuentan con la confianza suficiente para saberse capaz de afrontar los retos que la vida presenta; esta confianza no se extingue ni se acrecienta a partir del apoyo/acompañamiento del otro, simplemente se enriquece y se afianza. De aquí que, inicialmente, se haya decidido hacer una vida con el otro, y que, a partir del paso del tiempo, se han podido superar y sobrepasar las diferentes crisis. Cada uno de los cónyuges se da cuenta que con cada conflicto y con cada crisis se crece, la conciencia se expande y la propia psique se robustece y se fortalece; por lo tanto, se decide, a cada momento, recorrer el camino que “depare” la vida en compañía del ser amado. El otro, el compañero no se necesita, tampoco se presciende, simplemente se agradece y se goza en su compañía. La intimidad no se limita exclusivamente al ámbito de la sexualidad ni de la genitalidad; al contario el goce genital se comprende en su futilidad, en su inmediatez y en su casualidad. La pareja vitalizada logra la satisfacción sexual a partir de compartir no solo la genitalidad, sino otras dimensiones de la persona: los sueños, las metas, los deseos, los anhelos, los defectos, la propia historia, la empatía, recuerdos, tristezas, dolores, frustraciones, temores y, por qué no, hasta los caprichos. La intimidad se manifiesta en una genuina valoración y un profundo aprecio por la otra persona, tal y como es; cuanto más tiempo se comparta esta intimidad, más profunda y real podrá ser. Esta pareja se mantiene “viva” porque se permite que cada uno de sus integrantes vaya transformándose en ese otro más profundo y genuino, ésta es la intimidad que se comparte, no sólo ni exclusivamente los encuentros sexuales; una cena es suficiente, un atardecer juntos, o una película son suficientes para intimar en y con el otro. La pareja vitalizada trabaja en equipo porque comparten el mismo objetivo: lograr el éxito de la empresa, en este caso, la familia. Puede haber diferencias, opiniones encontradas, ideologías o hábitos y costumbres distintas, pero cada uno está dispuesto a ceder su parte para que se llegue al objetivo: seguir juntos. Aún en los temas espinosos: la educación de los hijos, el trato con la familia política, la administración del dinero, la toma de decisiones, etc., todas estas representan si, conflictos, pero éstos se sobrellevan y se solucionan siempre y cuando se tenga el mismo objetivo en común, seguir compartiendo esta historia de vida; que aquél con quien se ha decidido compartir el camino, siga haciéndolo. Por eso es tan grave que los cónyuges tome partido por los hijos en vez de a la pareja, y de este tema ya ahondaremos en otro de nuestros artìculos. Una pareja vitalizada es tal porque se valora y se aprecia la diferencia de cada uno de sus integrantes. No se intenta cambiar o transformar al otro; es precisamente la diferencia lo que enrique la relación: diferencia en opiniones, modos de realizar cosas, perspectivas en las decisiones, proyecciones de metas y sueños… El otro es valorado por lo que es; es a partir de que cada uno de los cónyuges puede apreciar y valorar la propia persona, sentirse cómoda con quien es, que puede, por lo tanto, apreciar y valorar a la otra persona por quien es; no hay necesidad de que el otro cambie; se logra respetar que cambiará cuando quiera y/o pueda cambiar (es su derecho, como lo es también el propio). Y para lograr todo esto, entonces, se necesita tener al menos buenas, si no es que excelentes, herramientas de comunicaciòn (y si no se tienen, el deseo de estar con el otro nos harà desarrollarlas!). La comunicación es el único modo que hay para poder ententer y comprehender el mundo psíquico del otro: la adivinación, la suposición, la intuición, la telepatía, nunca fueron métodos confiables para hacer crecer y madurar una relación de pareja; de ahí la urgencia para eliminar estos hábitos de nuestra relación de pareja si es que se han logrado colar. Una buena comunicación es aquella que apela siempre a las dos bidirecciones (de un cónyuge hacia el otro y viceversa: lo que A siente por B y lo que B siente por A, así como lo que B cree que A siente por B y lo que A cree B que siente por A), y esto a lo que respecta a: sentimientos, pensamientos, creencias, fantasìas, suposiciones, deseos, expectativas y decisiones. Una buena comunicación siempre favorecerá la individuación, es decir el reconocimiento de lo que es mío y de lo que es tuyo. Como por ejemplo: yo creo que tú “sientes”, “quieres”, “piensas”, seguramente estoy equivocada, por eso prefiero que tú me lo expliques (lo subrayado es deliberadamente subrayado), o Yo quiero “x”, pero qué quieres tú? Si bien estos aspectos dan material para pensar en un artículo para cada uno de ellos, pero me detengo aquí, esperando que estas ideas generales te den una pista y un deseo de pensar y evaluar tu propia relación de pareja. No dejes de enviarme tus preguntas o tus inquietudes y de seguir en contacto por la red social que prefieras! Me interesa mucho tu opinión y poder ofrecer herramientas para que puedas aplicar la psicología para la vida real! [1] Carl Rogers es el fundador de la Psicoterapia Centrada en el Cliente y del Enfoque Centrado en la Persona. [2] Bowen, M. “Del Individuo a la Familia”, Editorial Paidós
Pensando en el Amor de Madre
Misterioso suceso el que la naturaleza encomiende a unos seres tan frágiles el cuidado y el bienestar de otros sereIMAGEN HIJO MADREs todavía más delicados y frágiles. Actualmente corremos el riesgo de ver a los hijos como objetos, premios u objetos que podemos “comprar” o “dejar en paquetería cuando nos estorban”, sin darnos cuenta de que la sociedad del día de mañana estará gestionada por cada uno de estas criaturitas. El concepto y, por ello, los derechos y prerrogativas otorgadas a las personas del día de mañana serán en función del valor que hoy se les dé a estas personas. El ser madre implica ofrecer a los hijos un sistema de valores vividos implícitamente dentro de la relación familiar. “El lenguaje del amor que podremos dar como adultos es proporcional al lenguaje del amor que aprehendimos en nuestra historia”. Si dentro del seno familiar se aprendió a amar condicionadamente, de adultos no podremos más que amor condicionadamente; si aprendimos a amar genuinamente, de adultos no podremos más que amar genuinamente. Hablando del día de la madre, ¿qué lenguaje de amor vives? ¿qué lenguaje de amor tuviste? La incondicionalidad, un amor comprometido y entregado, un amor sincero, un amor “disciplinado”, un amor “de apariencia”, un amor “social”… o un amor sensato, un amor seguro, generoso, responsable y libre. ¿No viviste el lenguaje de amor que hubieses querido? No te preocupes, puedes aprender nuevos lenguajes, el que te parezca más completo, más verdadero, o, también, como los idiomas, más útil; pero así también como para las clases del francés, tienes qué irte a inscribir a una escuela de idiomas, con los expertos, así también, si quieres aprender un nuevo idioma, puedes ir con el experto en los lenguajes del amor: el psicoterapeuta. En terapia puedes identificar el tipo de lenguaje de amor que viviste, y también abrir tu abanico de posibilidades para elegir el que quieres vivir hoy. Y así como en las clases del francés, el aprender un nuevo lenguaje de amor que complemente tu bagaje “amoroso”, así también tienes qué comenzar por atreverte a pronunciar tus primeras palabras en el lenguaje de amor estarás aprendiendo, para posteriormente irte soltando hasta llegar a dominar el nuevo lenguaje. Tenemos mucho qué agradecer a nuestras madres, quienes nos han dado lo mejor que tenían para enseñarnos a hablar el lenguaje del amor; sin embargo, creo que, como dice Bucay “El secreto para una buena calidad de vida es darnos el derecho de cuestionar el guión que otros escribieron para nosotros”, y es aquí donde debiéramos hacer la tarea de preguntarnos qué tipo de lenguaje es el que quiero dar a quienes me rodean. Creo que mientras tengamos vida, siempre será válido el querer aprender otras “lenguas”; siempre podremos aprender mejores lenguajes del amor.
Sobre el Amor
«El sentido… es que dos personas que pertenecen al mismo grupo familiar y que tienen un vínculo tan dañado que es imposible restaurarlo verbalmente tengan la oportunidad de una confrontación emocional. Ésta se da en un estrecho abrazo. Los dos expresan su dolor de entraña a entraña, de corazón a corazón, de cara a cara, durante el tiempo necesario para que vuelvan a sentir al otro y su amor pueda volver a fluir» (Hellinger y Prekop, 2003).encuentro «La dificultad… radica en la masiva disposición a la huida de uno de los dos participantes…, cuando en el marco de la ambivalencia afectiva en la que se encuentra el VÍNCULO, los sentimientos de aversión son mucho más poderosos que el amor. Por cierto que esta tendencia a la huida está condicionada por nuestros instintos de fuga natos, que compartimos con todos los mamíferos, peces, aves e insectos. No obstante, el ser humano debería ser capaz, apoyándose en su conciencia y en su responsabilidad por conservar las relaciones familiares, de superar esta tendencia a la fuga, a comprometerse por lograr la reconciliación. Como el ser más maduro sobre la Tierra, el ser humano forma parte de órdenes más elevados de la Creación, cuya fuerza motriz es el Amor. Sólo puede volverse realmente humano cuando convierte al amor en su ley superior, cuando lo cuida, lo salva una y otra vez del peligro y está dispuesto a transformar el odio en  un amor que ha de renovar siempre (Hellinger y Prekop, 2003).abrazo adulta niña A través del firme abrazo, las dos personas se aseguran mutuamente que soportarán esta polaridad el tiempo necesario y que no se separarán hasta que el amor vuelva a fluir. La elevada fuerza de la Creación se ha encargado de que el ser humano se grabe en la memoria este patrón mientras está en la edad decisiva del aprendizaje (lo que no se aprende de niño, no se aprenderá ya de adulto). En los primeros dos o tres años de vida (es decir, en la edad del berrinche, cuando los niños todavía pertenecen al género de las crías que viven en el niño, las madres los cargan pegados a sus cuerpos, de modo que aprenden desde pequeños que pueden expresar y soportar todas las efusiones sentimentales. La familia con hijocontención la proporciona, de manera totalmente natural, el reboso que sostiene al niño. En la época de la civilización técnica, el ser humano ya no puede vivir esta experiencia, pues se le castiga con el aislamiento o de otras formas cuando llora o expresa su coraje. Así el Amor se le va de las manos y tiene que enfrentar la soledad y el anonimato. Con frecuencia, la humanidad se pierde. En condiciones vitales en que las confrontaciones agresivas no permiten llegar al objetivo de la reconciliación, se requiere de la terapia de contención» (Hellinger y Prekop, 2003).
Sobre el Narcisismo y la Aceptación a los Hijos (1a. Parte)
“Cada niño necesita al menos una persona en su vida que piense que el sol sale y se oculta por él o ella, que se deleite en su existencia y lo ame incondicionalmente” (Pamela Leo). Me encontré esta imagen en el Facebook. No pude resistir la tentación de desmenuzar esta frase y tratar de comunicarla lo mejor posible… especialmente para todas aquellas madres recién ingresadas a este misterioso trabajo de criar hijos. Especialmente a todas aquellas que están, como yo, estrenando crías. Y es que durante los primeros años de vida, es cuando se fragua el narcisismo. Un narcisismo que, si pudiera explicarlo de una forma muy didáctica es como un costal de justo esto: la mirada plena de aquella persona con la que, generalmente, establecemos nuestra figura de apego. Es un costal que se va llenando cada vez que mamá nos mira absorta, embobada, maravillada de la belleza y del misterio que es tener a un recién nacidito en brazos; se llena cada vez que mamá es capaz de dejar todo, absolutamente todo lo que está haciendo para poder correr a nuestra cuna a tratar (repito, tratar) de satisfacer nuestras necesidades, de ver si es posible que ella resuelva nuestras inquietudes y nuestros malestares, cosa que la mayoría de las veces lo puede hacer; el costal se va llenando cada vez que mamá decide y opta por estar conmigo y pasar minutos y a veces horas enteras tratando de acompañarnos en esas crisis del crecimiento; el costalito se va llenando cada vez que mamá nos mira deleitada y maravillada con cada uno de los logros y avances conseguidos en nuestros desarrollo, cada vez que hacemos la primera trompetilla, cada vez que decimos nuestras primeras palabras, cada vez que logramos sentarnos o cada vez que logramos dar nuestros primeros pasos… En fin, ese costal se va llenando, y tal pareciera que, una vez lleno de esos momentos en los que el alma de mamá se conecta con la del bebé para decirle, de algún u otro modo, “vales la pena”, ya no se puede vaciar. Pareciera que una vez que el costal se ha llenado, queda inscrito en el alma y en el mundo psíquico del pequeño la sentencia de que fue suficientemente BUENO para que otro alguien adulto pudiera deleitarse con su existencia. Y entonces tenemos niños que después crecerán con una sana autoestima, y tenemos adultos que sabrán que ya alguien los ha amado primero, y pareciera que ese costal, una vez lleno, fuera suficiente para saberse merecedor de amor y de bienestar. Sin embargo, otra posibilidad es que el costal no se alcance a llenar. Que las miradas y los momentos invertidos en estar con el bebé no sean suficientes y ese costal se quede no lleno. A veces por la falta de disponibilidad de la madre (o figura de apego) y otras veces por el temperamento propio del niño que quisiera o necesitara más (voracidad, según Klein). A veces falta poco por llenarse, otra veces queda casi medio vacío. Y es aquí cuando encontramos a esos niños que incesantemente están tratando de lograr esa mirada plena y complacida de mamá; a veces cruelmente pensamos que lo hace para llamar la atención, sin alcanzar a comprender que si, está tratando de llamar la atención, pero no porque sea un capricho mal intencionado del pequeño, sino precisamente porque justo está buscando tratar de lograr esa mirada amorosa, aceptante, disponible, entregada y complacida de la madre. Se convierten en niños que, cansados o condicionados a no encontrarla en la madre (o en esa figura de apego), lo buscan compulsivamente -porque no hay otro modo de hacerlo- en cualquier otro que pueda ofrecerles esa posibilidad (la maestra, la nana, el padre, la abuela, el abuelo o, en situaciones más dramáticas, en cualquier extraño que se deje). Y es por esto que encontramos después adultos que siguen en busca de que otro llene ese costal de autoestima, de aceptación, de validación. Igual que en el sentido más positivo que describíamos arriba, tal pareciera que este costal incompleto inscribiera sentencia en el mundo psíquico de la persona quien continuamente estará buscando aprobación y miradas de complacencia en los demás. Encontramos adultos, hombres y mujeres, que creen que su identidad o su autovalía la determina la opinión que los demás tengan de ellos, que creen que su valor como personas está determinado por el puesto o cargo que ocupan, por lo existoso de una carrera profesional, y ni qué decir, de aquellos adultos que creen que son mejores personas porque traen coche, ropa o casa más cara. Se hace sentencia si no se toma consciencia de ello. Por supuesto que esta “sentencia” se puede reivindicar cuando, ya de adultos, lo único que nos queda es aceptar que ese amor y esa mirada de aceptación que pudiera hacer falta para llenar ese costal es una tarea y una responsabilidad propia. Es aquí cuando podemos, entonces hacer los ajustes necesarios para re-mirarnos desde otra perspectiva y hacernos cargo de nuestro niño interior herido. Ya Kohut habla de la necesidad de unos padres que sepan reflejar y espejear esta necesidad narcisista de los hijos. Esto en corto, es el narcisismo. Un período crucial desde los primeros meses de vida, en los que mamá va llenando ese costal del bebé para hacerle saber, para hacerle sentir, para incorporar en el mundo psíquico del pequeño la certeza de que es una criatura que bien vale la pena invertir el tiempo y las fuerzas para estar con él o con ella. Parece que la pequeña ya se despertó. Dejo esto por aquí. Ya después continuare con la 2ª  parte de esta imagen, la aceptación, que este también es otro tema que necesitamos explicarlo despacio. Para concluir incluyo otra frase que también me encontré en el feis “Los niños -hijos- no son una distracción del trabajo más importante. Ellos SON el trabajo más importante” (C. S. Lewis).
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