Autor: admin

“El terapeuta hará que mi forma de pensar cambie”.

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Algunas veces he escuchado esta frase de parte de algunas personas que sin saber que soy psicoterapeuta se valen de esta percepción para no comenzar un proceso terapéutico. Se refieren de forma negativa a la posibilidad de que alguien más cambie su forma de pensar; además sugieren que el psicoterapeuta hará que se “deschonguen”, provocará que su moral se relaje o incluso que los conducirá a un camino de perdición e inmoralidad. Qué gran pena este pensamiento tan estrecho.

La realidad es que si, el objetivo de una terapia tendría, sino principalmente, tal vez si, secundariamente el cambio de mentalidad y de percepción del paciente de la propia vida ¡y de un montón de cosas más! La verdad es que si, lo ideal es que tu psicoterapeuta te acompañe y en ocasiones te ayude a cambiar tu forma de pensar, sobre todo aquellas percepciones que te hacen daño y que te limitan en crecer, y según dirían los psicólogos humanistas, aquellos decretos que limitan la expansión de tu autoconsciencia.

¿Me pregunto si verdaderamente alguien tiene el poder para “cambiar la forma de pensar” de otro sujeto? ¿No será más bien que ese sujeto otorga y concede a ese alguien el poder para permear su pensamiento? Eventualmente uno decide qué quiere creer o qué no quiere creer, para nuestra salud o enfermedad mental, esta es la realidad.

Hablemos no solamente del sugerido “poder” que tiene el terapeuta sobre el paciente. Pensemos también en la cotidianidad de relaciones interpersonales; es en la escucha, validación, reflexión y ponderación, ah, y sobre todo respeto, de las opiniones, juicios, sentimientos, pensamientos de los otros cuando mayor oportunidad tengo de crecer y de, como dicen ahora, evolucionar en mi forma de pensar.

Qué estrecho criterio si pienso que el aparto mental que soy ahora, lo seré siempre, sin cambios, sin ajustes, sin evoluciones, sin crisis, sin crecimiento, estéril e infecundo. Me gusta más pensar en un aparato mental que incluso en ciertas ocasiones puede tolerar la incertidumbre, porque es a partir de las experiencias o del trabajo intelectual personal, tarde o temprano, eventualmente se encuentra alguna respuesta medianamente objetiva y correspondiente a la realidad. Me gusta pensar, de este modo en un sistema de pensamiento que es capaz de generar nuevas ideas, y que es capaz de producir ajustes y cambios, de encontrar mejoras a los sistemas que hasta el momento le funcionaban. Me gusta pensar en una forma de pensamiento que si bien reconoce que estos ajustes en ocasiones son dolorosos y costosos, sabe invertir en ellos porque la experiencia le ha dicho que vale la pena, y que, lo acepte o no, son inevitables para poder seguir en movimiento.

Me gusta más pensar en un aparto mental que está en constante cambio, que está en constante búsqueda, que está en apertura constante para encontrar concordancias e identificar las discordancias de los otros sistemas de pensamiento, pero sin temor a que estas diferencias amenacen la propia forma de pensar, pues se sabe dueño y capitán de este aparato mental, lo que, eventualmente, permite, respetar y valorar los otros aparatos mentales.

Es por esto que a todas aquellas personas que piensan que “un terapeuta les puede cambiar su forma de pensar” les respondo que, con mayor razón, se den la oportunidad de comenzar un proceso psicoterapéutico para que se den cuenta del enorme potencial que tienen en su propio sistema de pensamiento. No solo porque en él se puede descubrir la propia verdad, sino también, porque pueden, a partir de la terapia, aprender a aprender de los demás, pueden aprender a descubrir su propia capacidad para comandar este aparato mental, abrazando lo que sirve, aprendiendo a hacer la higiene mental, y desechando, resignificando aquello que hace daño.

Yo les diría que bien merece la pena arriesgarse para poder valorar y respetar la propia opinión, y con ello, la de los demás; yo creo que vale la pena intentar tolerar, aceptar, respetar y valorar las diferencias de pensamiento con todos aquellos que me rodean, para eventualmente poder gozar de ellas

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¿Por qué el Psicoanálisis

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¿Por qué el psicoanálisis?

Ciertamente es una pregunta complicada para hacer a una psicoanalista. A veces pienso que el psicoanálisis ha dejado de estar de moda. Es poco práctico, no es inmediato y no es fácil.

Para nuestras generaciones que están cada vez más acostumbradas a tener todo a la mano, toda la información del internet en el instante en el que uno aprieta la tecla enter, y para quienes los medios audiovisuales cada vez son más imprescindibles, ciertamente el psicoanálisis representa un método obsoleto, lento, complejo, profundo y, a veces, con tan poca estimulación visual…

Entonces, ¿por qué el psicoanálisis?

Una vez, un participante a uno de mis talleres de “Sanación del Niño Herido” me hizo esta pregunta, y es por esto que decido escribir estas notas, a modo de poder hacerle llegar mi respuesta.

Entiendo y, siempre así lo pensó Freud, el psicoanálisis no es para todos. Hay que estar preparados; hay que estar preparados para poder hacer esta experiencia de introspección personal, y, sobre todo, estar preparados para darnos la oportunidad de reprogramar nuestros más primarios sistemas operativos.

Es curioso, cómo ahora, el psicoanálisis es una de las corrientes de la salud mental y emocional más conservadora, siendo que hace más de un siglo representó un movimiento intelectual y científico revolucionario y muy criticado por “atentar” contra las concepciones antropológicas más arraigadas de la época.

Así lo pensó Freud, no todas las personas están preparadas para encontrarse con su propia verdad, aunque idealmente así fuera. No todas las personas queremos enterarnos del sentido de nuestra existencia, ni mucho menos estamos preparadas para asumirlo en toda su plenitud.

Esto es lo que, dentro de muchas otras herramientas, nos ofrece el trabajo analítico: conocer y descubrir nuestros modos de identificación inconscientes, sus motivaciones, sus relaciones con nuestras heridas en la infancia, nuestras más profundas inclinaciones, y, sobre todo, al menos así prefiero enfocarlo yo, asumir todo este pequeño gran paquete como parte de nuestra vida. Esta es la nada sencilla combinación: descubrir quién genuinamente soy para después asumir con responsabilidad mi tarea de convertirme en el mejor YO que pueda. Ningún eslabón solo, ni solo inconsciente, ni sólo responsabilidad.

¿Por qué para qué me serviría descubrir mis motivaciones más profundas, comprender las dinámicas más complejas de mi historia infantil, o revivir mis dolores más íntimos si no me lleva este descubrimiento a tomar responsabilidad de ello en mi presente? O por el otro lado, ¿de que me serviría ser “totalmente” responsable de mi vida, si no puedo tomar consciencia de aquellos patrones complejos que han marcado mi vida y que me llevan a actuar y tomar decisiones sin tener noticia de ellos?

Y es que este no es un proceso sencillo, de ahí que a veces, hoy en día nuestra popularidad se ve disminuida en comparación con el resto de los practicantes de los otros modos de crecimiento personal, por llamarlo de algún modo -piénsese por ejemplo en el coaching, en la aromaterapia, en el yoga, las constelaciones familiares, y ni qué decir con las otras formas de psicoterapia-.

Para lograr esta combinación antes mencionada: descubrir mi inconsciente y asumir la responsabilidad sobre la propia existencia se requiere del acompañamiento de otro. Otro que esté entrenado y que haya vivido este proceso; otro que haya hecho la experiencia de esta combinación. Otro que haya comprendido el misterio de las generaciones (Chasseguet-Smirguel, 2007) y que esta experiencia le lleve a querer donarse nuevamente en otro encuentro de ayuda, como lo es el proceso psicoanalítico.

El proceso psicoanalítico está diseñado para mostrar nuestras partes más profundas, más genuinas, para mostrarnos quién verdaderamente somos, a veces agradables, a veces desagradables, pero siempre personas. El proceso psicoanalítico está diseñado para contenernos, para cuidarnos, para que, en la consistencia y en la constancia, en el encuadre de las sesiones, podamos encontrar la seguridad de ser aceptados y recibidos nuevamente a pesar de la manifestación de nuestras partes más oscuras y sombrías… Así como lo hace una madre, así como lo hace el amigo verdadero, así, el psicoanalista nos ofrece un espacio en donde podemos ser nosotros mismos, escucharnos a nosotros mismos, y manifestar nuestras partes más profundas, con la oportunidad de tomar consciencia de ellas y poder actualizarlas, es decir, poder comprenderlas en el contexto de nuestro momento actual.

Esto requiere tiempo, paciencia y mucho compromiso por el bienestar del otro.

A veces el proceso psicoanalítico no funciona, a veces por falta de pericia y experiencia del profesional, a veces por miedo del analizado. Miedo a descubrir su propia verdad, miedo a experimentar un interés más genuino y auténtico que aquel que las apariencias sociales nos ofrecen, miedo a experimentar un llamado más unívoco y claro hacia el crecimiento real y hacia la expansión de la consciencia, miedo a no encontrar ningún otro pretexto o justificación que limite nuestra evolución.

Ahora que estoy criando a mi tercer hijo lo comprendo mejor… para ir construyendo a una persona, justo se necesita eso: tiempo, paciencia, estar en la intimidad, y mucho amor. Mucho amor verdadero, lo cual, nunca será simple, ni sencillo, ni práctico.

Y esto es, en cierto sentido, lo que hace el psicoanalista; el analista espera, contiene, observa, acompaña, pasito a pasito, momento a momento a que el analizado esté listo para el siguiente paso, tratando de no perder pista, tratando de no perder tiempo. Este es su trabajo, acompañar pacientemente, comprometidamente, íntimamente y generosamente a que el analizado esté listo.

El psicoanálisis de hoy en día lo hacemos diferente al de hace 100 años, llevamos más de un siglo de continuo avance y evolución, de teorías y prácticas que lo han enriquecido y corregido. Hoy practicamos, también, muchas formas aplicadas del psicoanálisis clásico. Lo que nos interesa es ayudar mejor.

A veces lo logramos, otras el miedo nos derrota, pero, sin embargo, seguimos intentándolo una y otra vez, las veces que sean necesarias porque creemos que en algún otro momento, que en algún otro lugar, alguien más si querrá aceptar el reto.

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“Deberías ir a Terapia”

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Cuantas veces no hemos escuchado esto, que si se lo han dicho a una amigo, a un amigo, a algún hermano, o tal vez nos lo han dicho a nosotros. Poder ir a terapia es un privilegio; siempre y cuando se tenga claridad y objetividad respecto al propósito de la terapia y respecto a lo que se puede esperar de ella, la experiencia realmente vale la pena.

Ir a terapia no es como ir con el brujo o el adivino en los que podemos esperar que “por arte de magia” se vayan los problemas o se resuelvan tal o cual situación. El ir a terapia es un proceso en el que aprendemos cómo vivir con lo que tenemos.

Ciertamente hay muchísimas formas de hacer psicoterapia, y varían en técnicas, objetivos, filosofías y modos de entender al ser humano. Y cuánto más formas diferentes de hacer psicoterapia cuando entendemos que cada psicoterapeuta es único en su estilo, en su forma de entender y vivir al ser humano y en poner en práctica estas técnicas y metas.

Decidir comenzar un proceso psicoterapéutico no debiera tomarse a la ligera, eventualmente estamos hablando de la propia vida, de nuestra percepción que de ella tenemos y de la que esperamos crezca y se complemente al concluir nuestro proceso terapéutico. Es por eso importante hacer como cuando decidimos la escuela en la que irán nuestros hijos, o cuando decidimos el pediatra de ellos o nuestro propio ginecólogo: es importante tener referencias, conocer un poco su método, su estilo, y, finalmente conocerlo personalmente antes de decidir iniciar este proceso con él o con ella. De esta “primera impresión” podremos sacar ciertas conclusiones que pueden motivarnos a comenzar, o dado lo contrario, confirmar que no es con él o ella con quien queremos comenzar un proceso terapéutico.

También es importante considerar que el terapeuta no es del todo responsable del proceso. Uno como paciente también es parte activa, incluso yo diría el personaje principal y el principal escritor del proceso terapéutico. Cuantas veces no escuchamos: “mi terapeuta me dijo que debía de pensar tal o cual cosa”, “mi terapeuta me dijo que me fuera de mi casa”, “el terapeuta me dijo que estaba bien que me divorciara”… aunque no niego que existan personas que se digan terapeutas que si caigan en estas situaciones, es importante tener claro que al final de cuentas es la persona quien decide sus propias elecciones; como diría la abuela: “no porque Juan te diga que te avientes del puente, te vas a aventar del puente”.

El paciente es y sigue siendo persona; no por el hecho de ser paciente debieran quedar anuladas su inteligencia, o su capacidad de juicio, o su voluntad… Incluso se podría invitar a los pacientes a juzgar, analizar, valorar las opiniones y las intervenciones del terapeuta. Me parece que de eso se trata un tratamiento psicoterapéutico, de poder rehabilitar en el paciente su capacidad de juzgar y contrastar con la realidad los comentarios, juicios, mensajes, discursos que escuchamos a nuestro alrededor. Es decir, me parece que es parte de un proceso terapéutico que el paciente contraste la veracidad o falsedad de lo escuchado a lo largo de su infancia respecto a sus propias habilidades, que contraste la veracidad o falsedad de lo estipulado por sus amigos y su banda a lo largo de su adolescencia respecto a lo que es la vida, el trabajo, el amor, el sexo, el dinero, y los propios amigos, que contraste la veracidad o falsedad de lo esquematizado como verdadero y valioso en su juventud respecto a la familia, a la identidad, a la propia persona, al éxito; y eventualmente, también en el tratamiento psicoterapéutico, la persona debiera de contrastar la veracidad o falsedad de lo puntualizado por el terapeuta, por muy doloroso o lejano que parezca a la propia realidad.

Concluyo afirmando que no es el terapeuta quien nos hace tomar las decisiones; yo no he conocido a ningún colega que le haya puesto alguna pistola a un paciente para que tome tal o cual decisión. Me parece que lo que sucede es que muchas veces nosotros como pacientes usamos estos argumentos para evadir nuestra propia responsabilidad. ¡Qué absurdo creer que alguien dirige y determina su vida a partir de los consejos de otro! ¡Incluso si es un terapeuta!

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