¿Por qué es importante diferenciarnos?

encuentro con otro

Por Psic. Ma. Fernanda Chávez Orozco

Muchos autores hacen referencia a la necesidad de haber logrado una consolidación de la identidad para poder accesar a la madurez. Saber bien quiénes somos, de dónde procedemos y hacia dónde queremos llegar, y por qué, tener una medida suficiente de nuestras limitaciones y de nuestras áreas de oportunidad, así como de nuestras fortalezas y de nuestros recursos nos capacita para una mejor toma de decisiones en muchísimos (por no decir en todos) los campos de nuestra vida:

– Esfera profesional

– Esfera interpersonal

– Esfera de relaciones familiares

– Esfera de establecimiento de metas y proyectos

– Capacidad para visualizar en perspectiva la propia vida, hacer planes más asertivos e inteligentes.

– Favorece nuestra autoestima

– Nos permite tener relaciones profundas, con otros y con nosotros mismos.

El proceso de diferenciación es un proceso lento, largo, que ocupa la primera veintena de nuestra vida. Dicen los autores que comienza desde nuestros incipientes 2 añitos de vida, en donde tenemos nuestras primeras experiencias de autonomía, e idealmente concluye con la adolescencia, cuando se espera hayamos logrado consolidar medianamente una identidad propia del adulto joven.

Sin embargo, hoy en día entendemos que no siempre es así; encontramos grandes dificultades de los padres para quedarse con las propias expectativas de los hijos (también necesarias en otras etapas del proceso de desarrollo – para fomentar y forjar el narcisismo y los ideales del yo, por ejemplo), y poder respetar el propio proceso de diferenciación en el núcleo familiar.

Se llama diferenciación porque se refiere a hacer diferente, único e irrepetible, y poder tomar esta consciencia de la propia y exclusiva existencia, con todo lo que ello implique: tomar decisiones, acoger madura y responsablemente las consecuencias, comprometerse con un sistema de valores, estructurar un propio sistema de pensamiento, y actuar en consecuencia de éste. Poder reconocer, asimiliar y tolerar lo que la propia diferencia conlleva, que de pronto podré encajar en ciertos ambientes pero no del todo, pero no completo, pero no embotadamente, sino siempre tan solo en partes, unas más, unas menos, pero nunca totalmente (aún cuando los núcleos infantiles así lo desearan). Que soy diferente, único, individuo, particular de resto de los mortales, y es ahí donde encuentro mi valor.

Para lograr esta diferenciación se requiere fuerza para poder defender lo mío. Se requiere valentía, nuevamente, para poder asumir las consecuencias completas, todas, de mis decisiones y de lo que quiero.

El autor, Murray Bowen (2007), sostiene que si en una familia esta diferenciación es apoyada, propiciada, respetada, los hijos llegarán a la adolescencia sin que ésta tenga qué representar mayor conflicto para el sistema familiar; por el contrario, el autor sostiene que los adolescentes atravesarán esta etapa pacíficamente, dejando de lado la intensa necesidad de reafirmar su individualidad, porque este ejercicio ha sido practicado consistente y constantemente durante los 10 años previos. Dice Bowen, que el adolescente, entonces, ya habrá experimentado la propia fuerza y posibilidad de su autonomía (siempre supervisada, acompañada, velada, cuidada por los principales cuidadores – los padres -), y podrá llegar a la vida adulta joven con toda la consciencia (posible y factible) de su propia identidad y de su madurez hasta el momento alcanzada.

Otro de los importantes aspectos que he encontrado en la clínica es que muchas veces cuando a los padres les cuesta mucho soltar estas expectativas que tienen en los hijos, y que de algún u otro modo, han presionado al chico o a la chica a seguir ciertos patrones conductuales, actitudinales, ideológicos, valorativos, o asptiracionales, y se observa cierta rigidez (a veces una intensa rigidez) respecto a la tolerancia de los padres de permitir al hijo comprometerse con sus propios valores, de algún u otro modo los chicos eligen cierto tipo de sintomatologías – las llamaré graves – para tratar de demostrar (y defender) su propia individualidad; esta sintomatología elegida (consciente, subconsciente o inconscientemente elegida), muchas veces es la forma que el hijo o la hija tienen de buscar su propio espacio, hacerse su propio lugar de individualidad en la dinámica familiar. Muchas veces este síntoma trae consigo muchos mayores riesgos para la configuración estable de la personalidad del cuasi adulto joven; otras veces este síntoma trae aparejada la toma de decisiones extremas – sin vuelta atrás- que amenazan la asertividad de toma de decisiones tan importante en esta etapa de vida: una carrera, una pareja, un particular estilo de vida sexual, cambios de residencia, estilos profesionales, etc. La fórmula que he encontrado en las dinámicas familiares estaría representado por medio de estas variables: A mayor presión de los padres para que el hijo sea de un determinado modo, mayor fuerza de resistencia el hijo tendrá qué desplegar para buscar su propia individuación. En la fuerza de individuación está acotado la gravedad del síntoma.

Muchas veces observamos conflictos matrimoniales, o incluso en etapas previas de noviazgo, cuando no se ha podido alcanzar esta diferenciación: el cónyuge se casa con la motivación inconsciente (en el mejor de los casos) de que el otro resuelva la propia vida; la esposa o el esposo llegan al matrimonio con miedos y reservas para poder “poner toda la carne en el asador” y “jugarse el pellejo” en la relación de pareja porque no se sabe bien qué es lo que él mismo quiere o qué es lo que cree vale la pena en la vida; la novia o el novio no pueden dar el siguiente paso porque no saben si podrán ser fieles y proyectan este temor en el temor de que el otro les sea infiel; ella o él llegan a la boda sin haber hecho un personal ejercicio de introspección y análisis para contestar las preguntas más básicas ya sugeridas por los filósofos griegos milenios atrás: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo? y ¿hacia dónde voy?.

Y entonces, posteriormente, con los primeros años de desenamoramiento, con la llegada de los hijos, con los conflictos de la adolescencia, se dan los diferentes y coloridos conflictos que llegan al consultorio, y desafortunadamente, la disolución de este proyecto comunitario. Se dan, entonces: familias dependientes, familias violentas, familias descontroladas, y, finalmente, familias desintegradas.

La diferenciación nos permite mantener relaciones interpersonales sólidas, auténticas, maduras, moviéndonos del lugar de esperar agradar a los demás hacia el lugar de aceptarnos, respetarnos y honrarnos como somos, y poder hacerlo, por lo tanto, también con los demás (aceptarlos, respetarlos y honrarlos como son); nos permite poder gozar los momentos de encuentro personal, y saber hacer lo que sea necesario cuando se quiere prolongar ese encuentro personal y espiritual con los demás.

Referencias:

Bowen, Murray (2007) “De la Familia al Individuo”, México: Editorial Paidós.

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